La actuación de Dios en el milagro

Dios se halla presente en todos los órdenes de la realidad más -infinitamente más- de lo que puede estar cualquier otro ser, ley o hecho natural.

Evidentemente no está al alcance del hombre comprobar, en forma directa, esa presencia de Dios a través de alguna experiencia física.  Porque él no es un mecanismo. Una energía o un agente más del Universo. Pero es incuestionable que Dios, con su propio modo de estar –in-espacial y supra-temporal-, domina y gobierna en su realidad más profunda todas las cosas. Y ello sin derogar el ejercicio de sus mecanismos y dinamismos naturales, antes, poniéndolos en función de su propio designio, que permanece inviolable e inalienable más allá de todas las leyes que rigen el Universo por él creado.

Nunca adjudicaremos un margen excesivamente amplio a los recursos de que dispone Dios para intervenir en un mundo que le pertenece. ¿Acaso no hallaría el cauce a su acción providente a través del inmenso abanico de posibilidades que ofrecen ya la naturaleza ya el fondo espiritual del hombre y que escapan a nuestra ciencia y experiencia actual? Además, ¿no habría de disponer Dios  -infinitamente sabio y poderoso -  de otros órdenes de realidad que sobrepasan los de la naturaleza y los del hombre, y a través de los cuales podría hacernos llegar esos signos -los más extraños e imposibles- que llamamos milagros?
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